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Corocota

Un imperio contra un guerrero

Corocotta, el irreductible español que desafió a Roma.

Corocota

Mantuvo en jaque durante años al ejército de Augusto y fue tan audaz que se presentó ante el emperador para cobrar la recompensa que ofrecía por su vida. El autor de la novela histórica “El último soldurio” rememora las peripecias del “Astérix hispano” que lideró la tribu más guerrera contra el Imperio Romano en las guerras cántabras del siglo I antes de Cristo.

Cual si de William Wallace (Braveheart) se tratara, Corocotta se erige como el único nombre propio del bando perdedor. El que se le cite supone que debió causar graves problemas a Augusto, quien tal vez creyó que la conquista sería un paseo militar. No sólo empleó siete legiones y varios cuerpos de tropas auxiliares (en total más de 70.000 soldados), sino que utilizó toda clase de maquinaria de asedio y combate, y cuando por fin se convenció de que todos aquellos medios no iban a ser suficientes para vencer a aquella indómita gente, ordenó el desembarco de la flota de Aquitania en varios puntos de la costa, lo que quebró definitivamente las defensas cántabras. Lo que es indudable es que Roma dio el do de pecho en ese conflicto. Augusto, quien se había nombrado emperador tras su victoria sobre Marco Antonio (convirtiéndose en el primer emperador de la historia de Roma), no podía permitirse una derrota.
La importancia de las guerras cántabras, y la figura de Corocotta por extensión, adquieren aún más relevancia cuando se aprecia el siguiente dato. Aun en el caso de que Astérix y compañía hubieran existido, lo irrebatible es que Julio César tardó sólo siete años en conquistar y someter la Galia, Bélgica y el sur de Britania. En cambio, Roma tardó casi 200 años en conquistar toda Hispania. Es probable que el propio Augusto lo tuviera en cuenta, ya que hasta que su ejército no llegó a la Galia Transalpina, todos estaban convencidos de que su destino era Britania.

Por tanto, Cantabria y Asturias fueron los últimos eslabones de una cadena que se remonta a cuando Cneo Escipión –tío de Escipión el Africano– desembarcó por primera vez en Emporión (218 a.C.). “La primera provincia en ser hollada, la última en ser conquistada”, que dijo el clásico latino refiriéndose a Hispania.

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