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Sargentos de San Gil

A la vista de los últimos hechos, me viene a la cabeza una conferencia impartida por un compañero suboficial en esta plaza no hace mucho tiempo.

Daría la sensación de que la historia se repite. El conocer la historia es algo que se debiera hacer para intentar, en lo posible, no repetir los mismos errores. Bien estaría que todos los conociésemos y sobre todo los políticos. Soy muy consciente que la época, por suerte, no es la misma y nunca se llegará a esos deplorables hechos. Pero por otro lado, políticos y generales pareciera que siguen estando exactamente en las mismas intransigentes posturas y contra los mismos actores. Viven a espaldas de la realidad y salvo “lo suyo” y llenar sus propias alforjas, el resto no va con ellos y mucho menos si se trata de suboficiales.

La Sublevación del cuartel de artillería de San Gil fue un motín contra la reina Isabel II de España que se produjo el 22 de junio de 1866 en Madrid bajo los auspicios de los partidos progresista y democrático con la intención de derribar la monarquía

Al frente de la organización militar y desde el exilio se encontraba el general Juan Prim, huido y condenado a muerte desde el fracasado pronunciamiento de Villarejo de Salvanés.
La primera unidad en sublevarse ese día debía ser el Cuartel de Artillería de San Gil en el interior de Madrid que al parecer, junto con unidades de Infantería, debía tomar el Palacio Real.

Los sargentos de artillería tenían motivos de queja contra el gobierno porque éste, a diferencias del resto de armas del ejército, no les permitía promocionar más allá del empleo de capitán, al no haber salido de la Academia de Artillería de Segovia.

La represión del levantamiento fue muy dura. Fueron fusiladas 70 personas, en su inmensa mayoría sargentos de artillería, y también algunos solados, además de un paisano y un pobre carlista chiflado.

A pesar de eso la reina insistió ante O’Donnell para que fueran fusilados inmediatamente todos los detenidos, alrededor de unos mil, a lo que el jefe del gobierno se negó y se dijo que comentó: «¿Pues no ve esa señora que, si se fusila a todos los soldados cogidos, va a derramarse tanta sangre que llegará hasta su alcoba y se ahogará en ella?».
Los condenados a muerte fueron fusilados junto a los muros exteriores de la plaza de toros, que entonces estaba situada a un centenar escaso de metros de la Puerta de Alcalá.